Ahora habitan los pájaros / 2018-2026

No sé a quién se le ocurrió. Seguramente a mis tíos, Ana y Oscar. Tengo la misma edad que sus hijos mellizos y pensaron que invitarme a pasar los veranos con ellos en el campo sería buena idea. Sus hijos mellizos tienen mi edad y creyeron que sería buena idea invitarme a pasar los meses de verano en el campo con ellos. Con el tiempo para mi significó mucho más que eso. Son esos puntos de inflexión, donde una decisión te cambia la vida.

Pasar todos esos veranos en San Francisco de Bellocq fue una sublimación de la infancia de mi padre. Con los años aprendí que fue una bendición saber de dónde vengo y quizás sea una manera de pisar firme hacia donde sea que vaya.

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Era una mañana como cualquier otra en el conurbano bonaerense. Miraba los mails tomando mate en mi casa hasta que decidí entrar a facebook sin imaginarme lo que se venía. Jamás me había visto en una fotografía en el campo de “los Mellis”. En realidad no se hacían muchas fotografías en el campo, solo se tomaban fotos en cumpleaños y casamientos. Yo llegaba los días posteriores a año nuevo y me quedaba hasta fines de febrero. Eran mis vacaciones, pero para mis tíos y primos no, simplemente el verano. Se seguía trabajando normalmente y los fines de semana si estaba lindo y las tareas habituales no lo impedían, íbamos a Claromecó a disfrutar del mar.

La cámara seguramente era de esas de plástico. No la recuerdo como tampoco recordaba ese dìa de fines de los 80s. La fotografía descubrió ese momento. Reconstruyó mi memoria y como el flashback de una serie me llevó de regreso. Mi tía Ana nos ubica con los cachorros junto a los galpones para fotografiarnos. Invaden mis sentidos el olor a cereal podrido del silo mezclado con la paja vizcachera, los perros mordisqueando, rascándose, los abrojos en las medias, y por supuesto las risas con la tonada campechana de mis primos.

A pesar de haber vuelto muchas veces los años siguientes, jamás había visto esa imagen. Tantos años de mirar para otro lado, de alejarme de ese núcleo vital, conspiró para que el sacudón sea inolvidable. Nunca imaginé que una fotografía podía ser a mismo tiempo, sensible y violenta.

No puedo creer verme allí otra vez.

Después de más de 10 años de darle la espalda a esta historia la foto abrió un camino de retorno y ese mismo verano regreso. Mientras abro la tranquera, como si aún vivieran allí, siento algo parecido al ver la foto por primera vez. Alegría por volver a estar ahí y angustia por lo que ya no es.

Algunas decisiones desacertadas obligaron a mis tíos a rematar el campo. Las inundaciones históricas del 84 que provocaron la pérdida de la cosecha y la hiperhinflación del 89 acabaron con el resto. Demasiado para unos simples chacareros que solo contaban con pocas tierras y su fuerza de trabajo. En el año 91 abandonaron para siempre su hogar, mudándose a la ciudad de Tres Arroyos.

Entro a la casa, en el comedor el vacío me parece enorme por la ausencia de mesa, sillas, el aparador y la biblioteca que dividía el ambiente. Pero sobre todo por la falta de mis primos, Patricia, Martín y Marcelo; y los tíos Ana y Oscar. Los pisos están cubiertos de mierda y plumas. Ahora habitan las golondrinas. Aquí he sido feliz y como dice el refrán, no debería tratar de volver. Aun así, he vuelto.

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El agua siempre esta helada y verde. El viento amontona en un costado una espuma extraña, mezclada con tábanos, libélulas o moscas. Lo primero es sacarla agitando el agua hacia afuera. Cuando nos metemos, hay que hacer equilibrio en el borde sobre la manguera cortada al medio, para no cortarse con la chapa y luego soportar el frío inicial que penetra en los huesos.
El fondo es puro barro y fé. Uno aprende a flotar rápido para no tener que hundir los pies en esa incertidumbre.

Ahora habitan los pájaros / 2018-2026 Ahora habitan los pájaros / 2018-2026 En el tercer cordón. / 2018-2026 Ahora habitan los pájaros / 2018-2026 Ahora habitan los pájaros / 2018-2026 Al lugar que has sido feliz no deberías tratar de volver. / 2018-2025 Ahora habitan los pájaros / 2018-2026
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Desde que me despertaba el nudo en la panza estaba ahi. Como si se hubiera estado gestando durante toda la noche. Despues del almuerzo mi verano terminaba. La semana siguiente estaría vistiendo un guardapolvo blanco camino a la escuela.

El momento de salir al patio, sacar una foto y comenzar a saludar a mis primos y tíos era tremendo. Juro que hacía un gran esfuerzo por no llorar. Me daba verguenza hacerlo. Intentaba intervenir desde mi interior para tener una despedida más digna porque los hombres no lloraban. Pero no había caso. Me brotaban las lágrimas por todo el cuerpo.

Ya en el camión, mirando por la ventanilla los campos sembrados; en silencio, se secaban mis cachetes mientras rebobinaba todo lo vivido ese verano. Como sabiendo que algún día necesitaria volver a esos recuerdos.

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Desde que tengo memoria me llevó a su pueblo.

El viaje en camión duraba 9 horas a 60 km/h. En el torpedo estaba pegada la estampita de la virgen de Luján, de Ceferino Namuncurá y el escudo de Boca. El calor del motor, amado en invierno, odiado en verano y debajo del asiento el equipo de mate.
Mas allá de las localidades que conocía de memoria, las referencias del camino eran el cruzar del río Salado, el parador El Caballito Blanco de Las Flores, la cantera Cerro Azul, el cementerio de Cacharí (que me obligaba a pensar en como sería morirse) y ya llegando los silos del A.C.A. Mirar por la ventana iniciaba diversos juegos silenciosos y solitarios. Cerraba un ojo y con alguna mancha del vidrio esquivaba vacas o las rayas blancas de la ruta haciendo un zig zag visual, tarea que la vibración dificultaba bastante. Si viajabamos de noche me gustaba mirar las estrellas o las luces de poblados lejanos, imaginaba como sería vivir en esos lugares. A veces tocaba pasar algun otro camión y me daba miedo el sobrepaso. Mi viejo me enseñó en esos viajes todos los secretos del manejo en ruta, los codigos y saludos de luces de camionero que sigo usando cuando manejo un auto, me gusta mantener esa complicidad con ellos.

Ahora soy yo quién lo lleva a él...

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El famoso “crack” de 1929 fue un quiebre en la historia y también para mi familia. La estancia San Francisco quedó en manos del Estado. La subdividió en pequeñas chacras de 200 y 300 hectáreas con el objetivo de que los inmigrantes y criollos que trabajaban en los campos de la zona arrendando o como peones accedieran a la tierra para trabajarla mediante un crédito amable.

Son ventanas que se abren muy pocas veces, esas oportunidades únicas de la historia. A veces aparece el Estado y las ofrece, para los que trabajan, aprenden y sueñan. Para los humildes, los nadies, los que vienen “con una mano atrás y otra adelante”. Y cuando el monstruo da la espalda, sólo queda resguardarse y resistir. Esperar otro tiempo de ventanas abiertas y nuevos sueños.

Como chacarero del primer campo colonizado San Fransico de Bellocq, mi bisabuelo Carmen (Carmelo) Tenaglia junto a su esposa Concetta (Concepción) Bianco, construyeron sobre 200 hectáreas una familia forjada con el esfuerzo que obliga el trabajo del campo. Comenzando con un rancho para luego, del propio barro del lugar, fabricar los ladrillos de la casa que aún hoy sigue en pie. Allí crecieron sus 11 hijos, entre ellos mi abuela Magdalena.

En la segunda visita a la Concepción me encontré con la foto familiar de los Tenaglia. ¿Cómo habrá sido ese momento? Imagino el viaje a Tres Arroyos, la preparación de la ropa y peinados, los once hijos de punta en blanco. La ruidosa llegada al estudio fotográfico, la ardua tarea del fotógrafo en ubicar a cada uno en su lugar. La ceremonia previa, los arreglos, el instante silencioso y sublime del click.

La hicieron como confirmación, como documento familiar, como testimonio de vida y como ceremonia de ascenso social.

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Los hijos varones Tenaglia llegaron a tener sus chacras. Las mujeres no.

“En esa época era así”, me dijeron.

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Los domingos el ritual llegaba al caer la tarde. Salíamos del departamento y caminábamos tres cuadras en zigzag hasta llegar a las oficinas de Entel de Monte Grande. Casi siempre había cola, sacar número y esperar para que los que habían llegado antes se pongan al día con sus familiares, solía ser muy tedioso. La sucursal era pequeña, así que muchas veces esperábamos afuera, inventando juegos para no aburrirnos.

Al fin llegaba el momento de entrar en la cabina. Adentrarse en ella implicaba un vacío, adaptarse al clima, a un encierro soportable pero raro en superficies y olores. La humedad es implacable con las alfombras pegadas en la madera. Compartiendo el banquito o a upa de mi viejo, esta adaptación se interrumpía cuando su dedo índice se metía en el disco para marcar: 0, cric cric cric cric cric cric cric cric cric, 2, cricric, 9, cric cric cric cric cric cric cric cric, 8, cric cric cric cric cric cric cric, 3, cric cric cric….. y cuando Magdalena atendía del otro lado la voz de papá cambiaba de tono. Retumbaba en la cabina. Parecía como si tuviera que gritar para atravesar los 500km que los separaban, aunque debo reconocer que a menudo la mala señal telefónica requería esa intensidad. A mi me daba un poco de vergüenza hablar por teléfono y aún más que los demás escuchen nuestras conversaciones. Si me esforzaba, yo podía escuchar claramente lo que hablaba el de la cabina 2. Así que, cuando me tocaba saludar a la abuela mi voz era apenas un susurro. Eso provocaba una palmada en el hombro y un: - Hablá más fuerte!!! Y cuando le devolvía el tubo intentaba regresar a la cabina 2, quizás porque siempre son más interesantes las vidas ajenas.
Dos o tres domingos al año que el ritual cambiaba de lugar. En su casa de Tres Arroyos. Uno se levantaba a la mañana y no podía sentarse en ningún lado. En todas las sillas colgaban tallarines de los respaldos previamente amasados y cortados con la “guitarra” de alambres. Entonces todos ibamos al jardín del fondo, hasta que el tuco esté listo. Ese gran almuerzo lleno de risas lentamente se transformaba en despedida triste, en subir los bolsos al Mercedes 1114 modelo 1966, para luego tomar la ruta 3 y escuchar en el viaje algún partido de Boca. O como olvidar esa tarde de Pascuas mirando el horizonte mientras un presidente vociferaba en la radio: “La casa está en orden, Felices Pascuas”.
Cuando cumplí los 14 años la ceremonia telefónica de los domingos terminó. Un cáncer furioso se llevó a mi abuela. Me recuerdo en el pasillo ancho de la clínica, sentado en una silla, viendo como se turnaban mi viejo y mi tío para verla. No me dejaron entrar. Yo no entendía lo que pasaba en ese momento, tampoco me lo decían.
La abuela era buenísima. Solía pasar unos días con ella en Tres Arroyos antes de ir al campo en Bellocq y ella viajaba a Buenos Aires cuando se podía. Más allá de la percepción que tuve de mí relación intermitente con ella cuando hablo con quienes la conocieron mejor, no pueden evitar hablar de ella sin lágrimas diciendo: “No sabes lo que era tu abuela”.

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Cuando era chico y estaba en Bellocq decía que iba a venir a vivir allí y se reían. Cómo no voy a querer vivir en un lugar que cuando jugás a las escondidas vale en todo el pueblo. Las tardes y la pelota son eternas. Con un montón de primos Tenaglia para ir a buscar. Y cuando desfilan los Reyes Magos, Baltasar es mi tío Alfredo, aunque no lo sepa pero lo sospeche.

Lo recuerdo con mas vida. Pero dudo sobre su muerte porque lo sostiene su gente, que son pocos, pero saben sobre luchar.
Pueblo chico, infierno grande dice el dicho popular. Las traiciones y los silencios duelen más de los propios y cercanos. Pero el amor por sus calles de tierra es para siempre.

En cada visita papá me señala una casa, dice: “Yo nací en esa casa”. Yo creo que lo repite porque necesita decir su origen. Porque irse no es gratis para el corazón.Y de tanto repetir su historia ahora también es mia.

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